

El viernes pasado aproveché para ir con Tut a uno de mis sitios preferidos para tomar un trago un fin de semana, cuando quieres algo más que una simple conversa: Bartini. El lugar es un bar con un área para bailar, en el que usualmente ponen música electrónica una parte de la noche para luego hacerte saltar con cuanto ritmo se le ocurra al DJ durante el resto de la velada. Con una ambientación oscura, iluminada con un color rojo que hace recordar a las cámaras en donde se revelan películas de fotos, y una carta de licores muy respetable, en la que sobresalen los tragos tipo martini y los cócteles clásicos, el lugar es perfecto para una noche en la que no sabes si quieres tomar, bailar, conversar o simplemente, matar el tiempo mientras se te ocurre una mejor idea.
Ni bien uno entra, el contraste salta a la vista: por el lado derecho, una hilera de mesitas más o menos escondidas en la pared permite una conversación más o menos tranquila, con las sombras protegiendo a las personas; por el lado derecho (separados por la barra), las mesas rodean la pared, expuestas a la vista del DJ, los parroquianos y todos aquéllos que han ido a mover el esqueleto. De hecho, en el lado derecho las mesas sólo rodean los bordes, dejando el espacio del centro libre para las contorsiones eufóricas de los felices bailarines o alcoholizados visitantes que requieren algo de actividad física para recuperar la cordura.
Por supuesto, como se imaginarán, llegar temprano is a must si es que desean agarrar un buen sitio, porque en las frías noches del invierno limeño, Bartini es un lugar perfecto para calentar el cuerpo, sea lo que sea que esto signifique.
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